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    10月22日

    La botella del cajón.

    Salgo a la calle. Ya hace calor, y los tramos del camino en los que no hay sombra serán un suplicio, pero con todo, es un alivio el contraste con el aire viciado del aula, que parece adormecer el cuerpo y la mente. Si el día está nublado, el aire de la calle está fresco, y revitaliza un poco. Respiro hondo.
    Comienzo a caminar, siguiendo la ruta de siempre, con el buen ritmo del que se sabe cansado e invierte sus energías restantes en volver a casa cuanto antes, sin perder tiempo por el camino. El entorno no es especialmente bonito, así que no me esfuerzo por hacer del trayecto un bonito paseo. Me entretengo con algún libro en el que ande enfrascado.
    No suelo concentrarme demasiado en la lectura, ya que debo abandonarla cada vez que he de apretar el paso en un paso de peatones, y mi mente ya anda pendiente de lo que espera a varias calles. Busco distracciones vacías. Giro la cabeza para comprobar si algún compañero de clase toma mi misma ruta y me sigue. Sólo uno de ellos suele seguir mi ruta, y aún no he cogido con él confianza, pero si me siento de humor, retraso el paso, y camino a su lado, para intercambiar un par de frases banales, e intentar ser amistoso. La mayoría de veces hago el trayecto sólo. Al volver la cabeza vuelvo a hojear la página del libro, si es que no he perdido el hilo. Unos pasos más adelante, un perro pequeño ladra desde el alféizar de una ventana. No le presto mucha atención, pero da la impresión de que el perro estuviera encerrado entre la ventana y la reja que la cubre. No creo que sea el caso, pero si lo es, es insufriblemente cruel. En cualquier caso, tener al perro en tal sitio es un poco desconsiderado con el animal, y con los transeúntes. El pensamiento caduca en apenas unos segundos, sin siquiera levantar la cabeza del libro mientras le doy forma, pero me basta para sofocar la irritación que me produce la actitud de esta clase de perros, con el razonamiento de que el pobre animalillo probablemente sólo sea una víctima de una educación y un trato irresponsables.
    Levanto la vista del libro un par de veces más. Para buscar en la gente que cruzo algún rostro interesante, (bien por serme conocido, o bien por pertenecer a una chica guapa, pero no se da ninguno de los casos) y también para leer el nombre de alguno de los arbolillos del jardín artificial de palmeras y grava blanca a mi izquierda.
    Cuando cruzo en el semáforo, los intentos de concentrarme en el libro comienzan a ser aún más infructuosos que antes. Aún queda un pequeño trecho para pasar la esquina, pero mi mente ya anticipa ese momento, y levanto la cabeza de la lectura a cada poco para comprobar la distancia que me separa. Pienso de refilón (si no lo he hecho ya varias veces por el camino) en el hallazgo de hace un par de días en el fondo de mi cartera. Entierro el pensamiento por ocioso, y por no conducirme a ninguna parte; pero el hallazgo sigue ahí. A medida que me acerco a la esquina, la expectación aumenta, oculta y controlada bajo la superficie, esa tensión crece mientras intento imaginar un encuentro casual, una conversación incómoda, unas preguntas aclaradoras... intento apartar el pensamiento, tales preguntas resultarían ser puramente retóricas y redundantes, pues sólo obtendrían por respuesta mentiras inseguras y vacilantes.
    Traspaso la esquina sin detenerme. Una ventana, un portal, una escalera, una acera... busco con la mirada por un segundo y sobre la marcha... y el hechizo se rompe. Sigo caminando sin mirar atrás, como si nunca le hubiese dado la menor importancia. Un distante sentimiento entre la decepción, la frustración y el alivio, se disuelve en mi cabeza. Le quito importancia a todo el asunto. Cruzo un par de pasos de peatones más, y al poco me encuentro en la parada de autobús, buscando entre los rostros alguno que me sea familiar. En el trayecto podré haberme leído dos o tres páginas. El autobús no tarda en llegar, y una vez en él, sentado y tranquilo, retomo por fin la lectura sin pensar en otra cosa.

    Sam Vimes cierra el cajón de su escritorio en el que guarda la botella de licor. Lleva meses sin beber una gota.

    コメント (4 件)

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    carolinaさんの投稿:
    Es curioso que algo aparentemente tan fácil como cambiar de ruta pueda llegar a ser tan complicado e impensable :P
    10 月 29 日
    de la Tour Xaviさんの投稿:
    ,)
    10 月 27 日
    Osorio Arenas Luis Manuelさんの投稿:
    Qué grande que eres, Xavi XD, gracias por comentar
    10 月 24 日
    de la Tour Xaviさんの投稿:
    Pero a cambio, se enciende un puro, que le calma los nervios y le hace olvidar el esfuerzo que hace por no recaer en la bebida. A ella no le gusta demasiado el olor, pero lo tolera por que sabe que Sam los necesita como substitutivo, ya que el esfuerzo que hace por apartarse de la bebida es titánico. Vimes contempla la posibilidad de tomar un solo trago. Hace meses que no bebe, y sabe que lo tiene bajo control. Pero él sabe bién que una copa, siempre es una copa de más...
    10 月 23 日

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